Los últimos años han sido un poco más calmados mágica y espiritualmente hablando. La práctica ha tomado un matiz bastante más anecdótico, pero por otro lado, he integrado mejor la manera de apreciar mi entorno: Cómo encajar los sucesos, la soberanía para enfrentar los problemas o situaciones, tomando totalmente el control y sabiendo que lo primero para cambiar mi realidad es modificarla físicamente. También la manera de observar la vida y lo que me rodea, siendo capaz de ser consciente de la belleza de la naturaleza e incluso las creaciones humanas, es decir, cómo desde una idea o un problema, los seres humanos somos capaces de crear y materializar soluciones, construcciones o arte.
Hace un ratito me he puesto a pensar en cómo comencé mi andadura mágica hace ya unos años y no he podido evitar compararme con ese "yo" del pasado, que quería aprender rituales y fórmulas mágicas con muchísima avidez, como si quisiera saberlo todo en el menor tiempo posible. Ahora, por el contrario, sé que el camino es un camino de por vida, que no hay una meta concreta y nunca llegaré a saberlo todo ni siquiera a ser una persona "iluminada" y trascender. No pasa nada, vivir y experimentar dentro de este juego llamado vida ya me parece lo suficientemente interesante, y la espiritualidad es solamente una de las dimensiones de mi existencia, junto con mis aspiraciones laborales, creativas, amistoso-afectivas y de salud. Y el tiempo pasa mientras yo intento avanzar en todas ellas prácticamente a la vez intentando no frustrarme.
En mi caso, mi despertar espiritual sucedió al poquito de independizarme. Tengo la impresión de que todo tiene mucho que ver. Independizarse implica salir del nido, valerse por uno mismo, solucionar tus propios problemas y descubrir realmente quién eres sin el condicionante de la familia. Por eso creo que en algún momento me crucé con algo que me llamó la atención y tiré del hilo. Y parece ser que me encajó lo suficiente como para sentirme identificada con ello e incluirlo en mi identidad. Tampoco fue sencillo, porque a medida que aprendes más, tienes menos claro algunas cosas como qué tradición practicas o qué deberías aprender después. Mi formación mágica/espiritual es todo un caos pero eso es algo que también me representa tanto en este ámbito de la vida como en otros. Ahora soy capaz de verlo y asumirlo y no me genera ninguna incomodidad al respecto. Antes me daba bastante rabia no saber qué etiqueta ponerme o en qué invertir el siguiente tiempo de estudio. También a nivel personal, he pasado por distintos trabajos preguntándome si eso era lo que quería realmente hacer, si se me daba bien o sólo estaba haciéndolo lo mejor que podía para sentirme útil e importante. A partir de ahí he vuelto a estudiar mientras trabajaba, me he especializado en otra cosa que me apasionaba y he cambiado de trabajo. Ahora estoy bien pero como me conozco más sé que probablemente no sea lo que haga hasta jubilarme. Y no porque no me guste, sino porque siempre voy a necesitar progresar. Y eso, para mí, significa reevaluar constantemente lo que quiero hacer, aprender las habilidades que me faltan y encontrar nuevos retos. ¿Hasta dónde voy a poder mejorar? No lo sé, no puedo saberlo y el tiempo que me queda en este mundo no es infinito. Estoy en paz con el resultado de este camino laboral siempre y cuando sea lo que yo quiera hacer en cada momento.
Con la espiritualidad me ocurre igual. Siempre y cuando me sienta cómoda en mi práctica o creencias, será lo que tiene que ser. Me da igual que no tenga sentido haber pasado por tantas fases, contradictorias entre sí, si en ese momento me han servido y me han aportado algo para llenar ese vacío, esa sed de llenar el vacío espiritual que se despertó cuando quise configurar mi personalidad adulta completa e independiente.
He querido considerarme wiccana y creer en un Dios y Diosa. Después quise devocionar deidades más concretas con las que consideraba que tenía una conexión por sucesos acontecidos en la vida. Luego empecé a considerar las deidades como arquetipos con los que trabajar, y también lo he vivido así un tiempo. Y por último he querido recorrer el camino mágico/místico para elevar mi espíritu y trascender lo físico.
Me sigue apasionando mejorar y aprender, pero es cierto que el camino es tan largo, que lo hago con calma. Mientras, intento siempre purificar mi ser de forma física, mental y espiritual, observo la naturaleza e integro sus ciclos de formas tan sencillas como consumiendo fruta y verdura de temporada, participando de las tradiciones y festividades locales del lugar donde vivo y observando el entorno. Además, también me enfrento a la vida soltando el control en momentos en los que siento que las respuestas van a venir solas, o de alguna forma se me va a señalar el camino. Y todo tiende a llegar en el momento en el que toca, ni antes ni después.
A la vez que refino esta forma de integrar el fluir, mi entendimiento de la vida y de mi misma va dando pequeños pasitos, como si de una alquimia interior-exterior se tratara. Entender el mundo y entenderse a uno mismo al final tiene muchas cosas en común. Tú sabes que a 0ºC el agua se congela, igual que puedes saber que te gusta el color azul. Pero llega un momento o unas condiciones, en que de pronto tienes que experimentar con la vida y te das cuenta de que el agua salada necesita más frío para congelarse porque a 0ºC aún es líquida y que ese vestido azul que tenías tan claro que querías llevar para tal evento en realidad te queda bastante mal y te planteas si realmente te gusta tanto ese color o puedes haberlo aprendido o asimilado por alguna experiencia pasada y no lo has cuestionado desde entonces.
Al final lo que permanece es la impermanencia y aferrarse a lo conocido por querer que las cosas no cambien es probablemente lo que ocasione sufrimiento y una sensación de desconexión de uno mismo. No es malo seguir siempre aprendiendo o cambiar varias veces de idea. Resistirse a ello, por evitar el esfuerzo de desaprender para volver a aprender, es como remar con el universo en contra.

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